Ciclónica: El último partido de un inmortal

La convocatoria era corta, solo cinco personas para el último partido que Quesito disputaría con el XV Añejo antes de su mudanza a Gijón.

Los últimos años Quesito nos ha venido deleitando con su rugby exquisito, con su  patada mágica que parece que tiene un guante en el pié y con lo mejor que sabe hacer; construir una montaña de rugby a partir de una mínima traza, de un señuelo o de un simple pase. Lamentablemente nos anunció hace poco que nos dejaba. Que volvía a Gijón el 15 de Noviembre, su tierra natal donde pensaba retirarse para disfrutar de los próximos años de su vida. Como consecuencia de esta mudanza nos pidió a unos cuantos voluntarios, ayuda para darle un empujón a su mudanza.

A la cita de tan singular partido acudimos David, el empresario con su furgoneta y cuarto braceros; el propio Gonzalo y Santi, Damien y un servidor, siempre dispuesto a explorar nuevas experiencias. La primera sorpresa de la cita era que la mudanza no era para él, era para su hija del alma que se queda en Madrid. Los murmullos sobre que donde estaban el yerno y sus amigos y los insultos sobre lo calzonazos que era Quesito fueron inmediatamente acallados por la dulce presencia de la Quesita y su hija. Así que ni cortos ni perezosos, bajamos el mobiliario al espectacular furgón de David, sorteando eso sí, algún vecino que quería utilizar el ascensor. El único inconveniente que encontramos en esta primera parte fue el cómo agarrar el enorme colchón ya que solo tenía asas de un lado hasta que decidimos cargarlo todo a la espalda de uno de los braceros que lo llevó a través del jardín hasta el furgón.

Aprovechamos el tiempo de descanso para tomar un cafecito reponedor en una famosa cafetería cercana y allí nos llegó la segunda sorpresa; el destino era a un cuarto piso en la zona de Huertas, …¡SIN ASCENSOR! Uno de esos pisos de escaleras diminutas, en una de esas calles de dirección única. Ante la avalancha de quejas, reproches y argumentos, Quesito esgrimió como atenuante que si lo hubiera dicho con antelación, no hubiéramos aparecido ninguno y que nosotros hubiéramos hecho lo mismo. La ingeniosa respuesta de Quesito nos convenció al resto de braceros y desconvocamos la huelga que alguno pretendía organizar.

A excepción del somier, que se quedó trabado en el primer vericueto de la diabólica escalera, y del taxi que quedó bloqueado detrás del furgón cinco minutos no hubo mayores inconvenientes y pudimos completar nuestros objetivos. Damién incluso ensayó en la taza del VC del coqueto pisito después de un apretón por el esfuerzo realizado. Y dicen los médicos que en algunos casos, el duro esfuerzo y la falta de oxígeno puede afectar al cerebro y al corazón. Pero como Vaselino replica, los excesos en los esfuerzos no deben afectarnos a los Añejos porque como nos recuerdan a menudo nuestras respectivas parejas, no debemos tener ni corazón ni cerebro.

Con gran placer pudimos culminar nuestros objetivos que festejamos en el tercer tiempo, al que se unió Mito como espontáneo, con unos boquerones en vinagre y unos pinchos de salmón a modo de aperitivo regados con el preceptivo zumo fermentado de cebada.

Los Añejos le debemos un montón de cosas a Quesito; sus años como subcapitán, la fuerte relación con el VRAC, la copa Vetusta que tenemos que recuperar de Valladolid el año que viene, sus gritos a los delanteros nuevos, el partido del sombrero, su mando en plaza, su visión iconoclasta del rugby… su paso por nuestro club ha dejado tanto rugby que será imposible de olvidar.

Aprovecho, Gonzalo, esta tribuna privilegiada para agradecerte en nombre de todos los Añejos todo lo que has hecho por nosotros y por el XV. Y queremos y te animamos a que sigas ayudándonos a construir rugby desde esa maravillosa ciudad a la que vuelves.

Los diezmil inmortales del Gran rey Persa se llamaban así porque cuando uno caía, era sustituido inmediatamente por un reemplazo fresco. No es obviamente tu caso porque no te podemos reemplazar. Cuando aprendimos que en el VRAC te llamaban Nosferatu, caímos en la cuenta de que no era por tu innegable parecido físico, sino porque tu espíritu, tu huella, que es inmortal.

¡Buen viaje, amigo! ¡Buena singladura!

¡Aúpa XV!

El Ciclón del Hortal

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