Cuando la justicia se viste de rugby

Esto no pretende ser una crónica del partido de este fin de semana, sino solo un cántico al espíritu rugbier que han manifestado este pasado sábado nuestros dragones Sub16.

Vivimos tiempos extraños, donde lo que a través de lo que hoy se denomina “postverdad” es como se conduce la sociedad. El valor de la honradez y la verdad, ha dado paso a la demagogia y a la “moto que soy capaz de vender”, da igual por qué medio. Es el Carpe Diem mal entendido, donde como solo importa lo que se saca en el momento, los hay dispuestos a sacrificar los cimientos sobre los que se debe de sustentar su manera de conducirse para conseguir lo que se busca en una exaltación desenfrenada de “el fin justifica los medios”.

Y por desgracia, esto está llegando a nuestro rugby también, pese a todos los esfuerzos de los que amamos el rugby de verdad en conseguir que nuestra sociedad se parezca más al rugby que el rugby a nuestra sociedad actual. Ahora podemos ver como cuando alguien mete la pata, en lugar de asumirlo y aceptar las consecuencias, poniendo los medios necesarios para que no se repita, en lugar de eso, se intenta tapar echando balones fuera, acusando a otros inocentes para repartir así las propias heces, defendiendo lo indefendible, solo para cobardemente no querer asumir las propias responsabilidades.

Los hay que para tapar la vergüenza de un jugador que no sabe contener su frustración y que la emprende a golpes con quien no consigue superar jugando, son capaces de intentar ensuciar el buen nombre de otros para que en el “totum revolutum” puedan intentar diluir la mala imagen dada, sin darse cuenta de que precisamente poniendo remedio interno para que estas cosas no vuelvan a ocurrir, es como mejor mantienen su imagen de club de rugby que cree en los valores de los que ahora hipócritamente presume. Ahora, se hace obvio que alguno no debe de creer en estos valores más que de boquilla, pues recurren a la sucia artimaña de aportar testimonios falsos y usar todas sus influencias institucionales para conseguir su objetivo de repartir sus propias deposiciones. No todo vale y es un nefasto mensaje el que dan a sus jugadores jóvenes, haciéndoles creer que estas artes son aceptables y algo a utilizar si lo demás falla, pues todo parece valer para ganar una liza. Por suerte, alguno de sus jugadores todavía mantienen criterio propio, pues después del pasillo del famoso partido de marras, vinieron a disculparse a título personal del comportamiento de su compañero, obviamente hastiados de que siempre la liara y que se lo consintieran. Pues no señores, no todo vale.

¿Y qué hacer en estos casos, cuando la injusticia se instaura con el beneplácito y fomento de ciertos clubs e instituciones deportivas? Como viejo rugbier solo tengo una respuesta, con mucho rugby. En 46 años mamando del rugby he aprendido que ante el juego sucio solo queda acatar la decisión arbitral (sea la que sea) y jugar aún más fuerte y placar aún más duro. Es contestar con rugby lo que otros quieren conseguir con lo que no es rugby.

Pues este fin de semana, la justicia (que no el sistema jurídico, que es algo muy distinto), se ha vestido de rugby para poner las cosas en su sitio y en el sitio en el que se deben de poner, en el verde del campo. Los Sub16 del XV Hortaleza han dado una lección de rugby como pocas veces he visto en estos tiempos. Ante la injusticia de haber recibido golpes gratuitos en el pasado, ante la frustración de ver como quien ha intentado defenderlos ha resultado ignominiosamente calumniada y condenada fuera de los campos con el uso de falsos testimonios, han contestado con un rugby de altura, de fuerza, de unidad, de compañerismo, de no rendirse ante el despropósito y de reivindicación como grupo unido.

Un equipo que pese a su calidad, no lo ha podido hacer ver reflejado en sus resultados deportivos esta temporada salvo en contadas ocasiones, este sábado se vistió de orgullo (que no de soberbia), de honestidad (que no de “postverdad”), de arrojo (que no de “chulería”) y enfundado en una poco habitual camiseta blanca, que parecía reflejar la pureza de sus espíritus rugbiers, se han enfrentado a un equipo muy por encima suyo en la clasificación, con la voluntad inquebrantable de hacer justicia y defender el honor de un compañero, el honor de su antigua entrenadora y el de ellos mismos.

Salieron concentrados, aleccionados entre ellos para dejarlo todo en el campo, tensos, serios, asumiendo la responsabilidad del objetivo que se habían trazado, la de demostrar con rugby que solo vale la justicia, la honradez y el honor del que lucha inquebrantable hasta el último suspiro. Daba igual el tanteo, pues lo que había que hacer era devolver golpe a golpe, placaje a placaje, todas las afrentas recibidas en el pasado, pues lo que pasa en el campo, debe de resolverse en el campo.

Y así ocurrió, los 20 dragones convocados que fueron a defender su orgullo y su honra, jugaron su mejor partido de la temporada hasta la fecha. Por fin se creyeron que podían jugar de tú a tú a cualquier rival y lo hicieron. Placaron, defendieron, fueron rápidos en formar los rucks, contraruckearon, abrieron el balón jugando con osadía y defendieron como los últimos de Filipinas. Además, en momentos puntuales incluso les sonrió la suerte, como en la última jugada del partido, donde el entrenador contrario obligó a los suyos, en contra del criterio del pateador, a intentar transformar un golpe de castigo in extremis… y lo fallaron, permitiendo a los dragones mantener la ventaja de dos puntos que finalmente le dio la victoria final. Su confianza, forjada de sus deseos de justicia, dio su fruto. Jugaron muy bien y además, como justa guinda, se llevaron el tanteo y los puntos de la victoria. Se habían reivindicado en el campo jugando al Rugby y solo al Rugby, con mayúsculas, que es como tiene que ser.

Normalmente, al ganar un partido, los dragones entonan su tradicional “Somos de Hortaleza”, pero en esta ocasión no quisieron hacerlo, pues la victoria de hoy no era tanto una victoria deportiva, que también, sino una victoria del honor y por tanto, algo íntimo, que no necesitaba de cánticos, sino de respirar profundo y marchar del campo con la cabeza alta y el corazón henchido.

Y esa renovada confianza en lo que son, también les permitió ver con ya no sorprendida aceptación, el nuevo intento de afrenta del contrario que siendo los locales y por tanto los anfitriones del partido y en contra de una de las más arraigadas tradiciones del rugby, no quisieron compartir su tercer tiempo con nuestros dragones, comiéndoselo ellos solos en un rincón aparte. Solo cabe recordar la famosa frase bíblica “…así que por sus frutos los reconoceréis.” (Mateo 7, 16-20).

Pues ¡viva el Rugby de verdad y no el del postureo! y ¡vivan estos dragones rugbiers que lo encarnan de manera tan leal!

Carlos Soler

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